Buena no, riquísima

Niño en Prado

No hay que engañarse: mi nombre nunca estuvo recogido en las listas de chicas lindas y populares en ninguna de las escuelas por las que pasé. Al menos, no de gratis. Sí, sí, la popularidad hay que ganarla y la verdad es que, por este cuerpo y las 99 libras que pesaba por aquellos tiempos de pre y universidad, no me ganaba muchos puntos hasta que la gente no me conocía y eso, con mi carácter… uffff, podía ser un arma de doble filo. Ciertamente, esa situación tampoco me quitaba el sueño. Aaaaahhhh, pero las cosas cambian (no lo del sueño, sino lo de las listas).

El otro día pasé cerca de un niño. Tendría unos diez años y no medía más de 1.20 metros, pero con toda su falta de estatura, una expresión digna de retrato y un desparpajo total, me soltó: “Buena no, chica, tú lo que estás es RIQUÍSSSSSSSSSSIMA”, y alargó la S como media cuadra, hasta que casi no pude escucharlo. ¡Golpe directo a mi autoestima!, que me mantuvo con una sonrisa dibujada en la cara el resto del camino, convencida de que los demás estuvieron equivocados todo el tiempo, porque los niños no mienten, no.

Una canción para Rosana

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Si él no tuviera voz de trueno.

Si escuchara a Sabina, a Silvio, a los Fitipaldis…

Si cuando pone los rizos sobre la almohada no quedara dormido de manera instantánea.

Si cuando dice mi nombre completo no pareciera un regaño.

Si no cambiara la S por una X en Rosana, cosa que hace solo para molestarme.

Si su teléfono parase de sonar y si su timbre no fuese la canción más estruendosa de Tendencia.

Si no fuese Virgo, como yo.

Si no quisiera competir conmigo todo el tiempo.

Si no me hablara de fútbol y me pasara el brazo por encima como si fuera un socio del barrio…

Entonces, quizá me regalaría una canción que llevara mi nombre o escribiría poemas, inspirado en la sombra que hace mi cuerpo sobre la pared, cuando solo queda en el cuarto la luz del televisor.

Pero no.

Es por eso que su voz de trueno me despierta con poemas de otros, porque dice que no hay mejor desayuno que huevos fritos, chocolate y poesía.

Sabina no le llega a los talones a la Sicodélica Estelar cuando él prende las bocinas y hace el baile del “sentimiento y palitroque”.

Se queda dormido porque hacer buenas acciones todo el día lo agota mucho (es lo que me dice).

Me llama por mi nombre completo porque fue el que me pusieron y es muy bonito como para olvidarlo. Claro, sería más bonito si se escribiera con X, me dice.

Y Tendencia es lo nacional, no puedo culparlo por eso.

Por ser Virgo y siempre competir conmigo, sabe que me gana si me regala mariposas y que la feminidad, la participación, la acción comunitaria y la educación, son de los temas que más me interesan.

Me habla de fútbol porque sabe que en el fondo me muero de ganas de restregarle que mi equipo es mejor que el suyo, aunque la discusión nos cueste la palabra, como sucede con los mejores socios del barrio.

De ahí que sea yo quien escriba poemas de las figuras que hace su sombra en la pared, de su voz de trueno, de sus flores, de lo que no me regala.

Morirse (ojalá sea de risa)

La primera vez que la muerte se me hizo verdadera, yo tenía alrededor de 6 años. Lola, una vecina loca y sucia, a la que todo el barrio le tenía un respeto tremendo, había muerto finalmente. Y digo finalmente, porque cada vez que vi a Lola caminar por las calles de mi cuadra, me parecía que sería la última vez que la vería.

No se suponía que yo estuviera en el velorio, pero las apuestas son las apuestas y el honor es el honor: ¿cómo iba a ser que la capitana de la nave espacial del barrio, no tuviera la valentía de mirar a la difunta bajo la supervisión de toda su tripulación? Si yo hubiera sabido que cuando llega la muerte, solo deja sobre la tierra una carcasa desmejorada y sin color, poco me hubiera importado el decoro. Pero para ese entonces yo no pensaba en esas cosas ni usaba palabras sofisticadas, solo bonito o feo. Y Lola estaba fea, refea, metida en aquel féretro lúgubre, el más feo-refeo que encontraron. Ni las flores, las que supe enseguida eran para adornar, pudieron darle vida a aquel adefesio (¡qué curiosa selección de palabras!).

Salí despavorida del lugar, como quien ve un muerto (lógico, yo había visto un muerto) y solo volví a entrar en una funeraria el día en que murió el profe Julio García Luis –historia triste que no voy a contar hoy, porque hay muertes que no son para reírse.

Unos poquísimos años después del suceso con Lola, cuando llegó a la casa la noticia de que mi bisabuelastra había muerto, me paré en la sala y anuncié a la familia que el día de mi muerte me dieran candela. Era un momento de shock, imaginen, dispuestos a salir para un velorio y la niña de 10 años diciendo en plena reunión familiar que quiere que le den candela. Obviamente yo hablaba de incineración, a tener en cuenta para después de mi deceso, no antes, pero ya les comenté que en aquel momento yo no usaba palabras sofisticadas.

Afortunadamente, mi mamá me ayudó a superar el trauma de la candela; a mí y a toda la familia, pues quedaron un poco afectados con la idea y, luego del fatídico malentendido, no me dejaban acercarme ni a los fósforos. Sin embargo, lo que nunca pude superar fue la idea de servir de abono a la tierra, y conste que uso palabras bonitas y no otras como “comida de gusanos”, “hacerse agua y huesos”, “pudrirse con el tiempo”… No, estoy diciendo “servirle de abono a la madre tierra”, en el sentido más ecologista que puedo definir. Esa idea de quedarme lívida dentro de un ataúd y que algún capitán de nave espacial de barrio tenga el reto de verme y salir gritando diciendo que estoy fea refea, no me gusta ni un poquito.

Tal vez, solo tal vez, ese componente genético implícito en mi origen bayamés y necesitar limpiar las cosas con fuego, esté de trasfondo en esta decisión, pero a mí me gusta pensar en razones más románticas. Cuando me muera, quiero que mis huesos ardan hasta convertirse en una ceniza fina y que luego me esparzan sobre la bahía de La Habana. De más está decir: si me muero en Bayamo que me entierren en La Habana y si ya estoy aquí, pues ¿para qué gastar en transportación y dolores de cabeza?

Patriarcas en desuso

Las relaciones con los padres son siempre difíciles, sobre todo por esa encrucijada que obliga a los progenitores a caminar al borde de tres acantilados: el de la autoridad acérrima, el del cariño y la protección y el del atemperamiento a las dinámicas de los tiempos actuales. Para cualquiera de los tres: ¡Pobres padres!

A modo de reconciliación, publico hoy un texto que me envió una amiga y que me hizo repensar las maneras en las que objetivamente han cambiado las relaciones humanas dentro del hogar. De cualquier manera, uds si quieren no piensen, solo ríanse un rato.  😉

Diferencias entre Padre, Papá y Papi

Por: Roberto Pérez Betancourt. Radio 26.cu

Nah!

Hasta hace cosa de un siglo, los hijos acataban el cuarto mandamiento como un verdadero dictamen de Dios. Imperaban normas estrictas de educación: Nadie se sentaba a la mesa antes que el padre, nadie hablaba sin permiso del padre, nadie se levantaba de la mesa si el padre no se había levantado antes; por algo era el padre.

La madre fue siempre el eje sentimental de la casa, el padre siempre la autoridad suprema.

Todo empezó a cambiar hace unas siete décadas, cuando el padre dejó de ser el padre y se convirtió en papá. El mero sustantivo era ya una derrota. Padre es una palabra sólida, rocosa, imponente; papá es un apelativo para oso de felpa o para perro faldero; da demasiada confianza. Además, con el uso de papá el hijo se sintió autorizado para protestar, cosa que nunca había ocurrido cuando el papá era el padre. Sigue leyendo

tarde extraña para cosas interesantes

Hay gente loca en todos los confines del mundo y hay gente cuerda que mataría por estar loca. Al mediodía, después de las gestiones pertinentes para comenzar un nuevo taller para niños -esta vez vinculando el periodismo y las nuevas tecnologías-, llegué al trabajo empapada y con ganas de que el día hubiera continuado entre las sábanas y con la vista puesta en la ventana. Pero no, estaba de vuelta al trabajo. Así que me senté, abrí el navegador y cinco minutos después (no pregunten cómo, así es la comunicación en estos tiempos) la tarde se había vuelto extraña, llena de descubrimientos interesantes.

Texto e ilustraciones#ViernesDePoesía

De picnic con Monterroso (+fotos)

Cuando me percaté de que no podría luchar contra Augusto Monterroso, opté por la opción más inteligente: también nos lo llevamos de picnic en la mochila y tengo que confesar que lo disfrutamos y que el Cristo, siempre hospitalario, y Augusto se llevaron de lo mejor. Sigue leyendo