¡Vuelven las fotos!

Andaba medio gacha de sueños, medio triste de ideas y con una crisis terrible de creatividad. Como luchar contra una enfermedad que ataca tus sistemas defensivos, así han sido estos días, y solo poemas y fotografías vienen a calmar las dolencias.

VERSIONES

La muerte es esa pequeña jarra, con flores pintadas a mano, que hay en todas las casas y que uno jamás se detiene a ver. 

La muerte es ese pequeño animal que ha cruzado en el patio, y del que nos consuela la ilusión, sentida como un soplo, de que es sólo el gato de la casa, el gato de costumbre, el gato que ha cruzado y al que ya no volveremos a ver.

La muerte es ese amigo que aparece en las fotografías de la familia, discretamente a un lado, y al que nadie acertó nunca a reconocer.

La muerte, en fin, es esa mancha en el muro que una tarde hemos mirado, sin saberlo, con un poco de terror.

Eliseo Diego

Cualquier cosa, menos marcharse

Trescientos sesenta y cinco días exactos se han ido. Contados concienzudamente por el calendario de bolsillo en mi billetera desde que supimos la noticia de su ausencia.

Debió haber sido cualquier otra triste víctima del cáncer; cualquier nombre prescindible para la historia de los hombres. Habríamos de suponer una muerte esperada, a fin de cuentas se trababa de un sarcoma de los más agresivos y que, aún así, debió poner todo su empeño para desfallecer a un Hugo Chávez renuente a ser arrebatado de la vida.

Debió ser esperado, entonces, aquel momento en el que se apagaban los aparatos y pitidos, cuando al final –tras larga agonía- se anunciaba al mundo, a los pueblos expectantes, que Chávez no estaba más; que perdían al presidente desencartonado de los discursos cantados, de las anécdotas más estrafalarias de la gubernatura. Sigue leyendo

Juan Gelman sin miedo a la muerte

Lo bueno es que Gelman no le temía a la muerte. Él sabía que a fin de cuentas, “en el miedo a la muerte, la muerte no vale la pena”. La vida era otra cosa, eso sí tenía sentido, y la poesía, sobre todo la poesía. Sigue leyendo

Morirse (ojalá sea de risa)

La primera vez que la muerte se me hizo verdadera, yo tenía alrededor de 6 años. Lola, una vecina loca y sucia, a la que todo el barrio le tenía un respeto tremendo, había muerto finalmente. Y digo finalmente, porque cada vez que vi a Lola caminar por las calles de mi cuadra, me parecía que sería la última vez que la vería.

No se suponía que yo estuviera en el velorio, pero las apuestas son las apuestas y el honor es el honor: ¿cómo iba a ser que la capitana de la nave espacial del barrio, no tuviera la valentía de mirar a la difunta bajo la supervisión de toda su tripulación? Si yo hubiera sabido que cuando llega la muerte, solo deja sobre la tierra una carcasa desmejorada y sin color, poco me hubiera importado el decoro. Pero para ese entonces yo no pensaba en esas cosas ni usaba palabras sofisticadas, solo bonito o feo. Y Lola estaba fea, refea, metida en aquel féretro lúgubre, el más feo-refeo que encontraron. Ni las flores, las que supe enseguida eran para adornar, pudieron darle vida a aquel adefesio (¡qué curiosa selección de palabras!).

Salí despavorida del lugar, como quien ve un muerto (lógico, yo había visto un muerto) y solo volví a entrar en una funeraria el día en que murió el profe Julio García Luis –historia triste que no voy a contar hoy, porque hay muertes que no son para reírse.

Unos poquísimos años después del suceso con Lola, cuando llegó a la casa la noticia de que mi bisabuelastra había muerto, me paré en la sala y anuncié a la familia que el día de mi muerte me dieran candela. Era un momento de shock, imaginen, dispuestos a salir para un velorio y la niña de 10 años diciendo en plena reunión familiar que quiere que le den candela. Obviamente yo hablaba de incineración, a tener en cuenta para después de mi deceso, no antes, pero ya les comenté que en aquel momento yo no usaba palabras sofisticadas.

Afortunadamente, mi mamá me ayudó a superar el trauma de la candela; a mí y a toda la familia, pues quedaron un poco afectados con la idea y, luego del fatídico malentendido, no me dejaban acercarme ni a los fósforos. Sin embargo, lo que nunca pude superar fue la idea de servir de abono a la tierra, y conste que uso palabras bonitas y no otras como “comida de gusanos”, “hacerse agua y huesos”, “pudrirse con el tiempo”… No, estoy diciendo “servirle de abono a la madre tierra”, en el sentido más ecologista que puedo definir. Esa idea de quedarme lívida dentro de un ataúd y que algún capitán de nave espacial de barrio tenga el reto de verme y salir gritando diciendo que estoy fea refea, no me gusta ni un poquito.

Tal vez, solo tal vez, ese componente genético implícito en mi origen bayamés y necesitar limpiar las cosas con fuego, esté de trasfondo en esta decisión, pero a mí me gusta pensar en razones más románticas. Cuando me muera, quiero que mis huesos ardan hasta convertirse en una ceniza fina y que luego me esparzan sobre la bahía de La Habana. De más está decir: si me muero en Bayamo que me entierren en La Habana y si ya estoy aquí, pues ¿para qué gastar en transportación y dolores de cabeza?

No alcanza

Cuando a tu paso desaparece el color

Cuando a tu paso desaparece el color

No importó que hiciéramos de aquello un “ambiente controlado a prueba de errores”. De poco sirvió nuestro empeño por dejar de ser “como nosotros” y apartarnos de observarlo todo con la lupa que llevamos siempre en el bolsillo.

No nos salvó la ingenuidad de ignorar nuestro historial  de fallos Sigue leyendo

Dicotomías a lo cubano

El último árbol de mi barrio cayó ayer. Me consoló pensar que al menos no se había ido “sin penas ni glorias”: lo vimos morir con un ademán digno del cine, dejando caer sobre la acera -y no sin resistirse- sus flores de campana.

En la mañana, descubrí que lo había sustituido un busto de José Martí. Blanco e impoluto, el Apóstol fue acomodado sobre el tronco sin vida.