Gabo

No me conformo con que la vida pueda acabarse en un instante y pase a ser uno el recuerdo de lo que fue. No me conformo, no, con lo efímero de la esperanza. No me conformo con las ofrendas póstumas ni con que debamos conformarnos con aceptar la muerte. Me niego quedarme inmóvil. Me niego a que nos arrebaten de golpe lo querido, lo admirado… Pareciera que no me conformo, pues, con ser humana.

 

Un parche para enmascarar el miedo

Se apaga la luz, se hace, pero el miedo no se va…

CXLIII

En el miedo a la muerte la muerte no vale la pena. Los afligidos no interesan, ni los tullidos por amor, ni el portentoso ingenio de un verano. Importa la luz recibida en forma de entrañas para verse. La sensación del cuerpo que termina no vive en rincón cerrado, crea su doble en estaciones impalpables y las alícuotas de pena sin notario. Una calandria ordena el fracaso de un fósforo apagado.

Juan Gelman

 

Afterglow

(…)

Nos duele sostener esa luz tirante y distinta,

esa alucinación que impone al espacio

el unánime miedo de la sombra

y que cesa de golpe

cuando notamos su falsía,

como cesan los sueños

cuando sabemos que soñamos.

Jorge Luis Borges

 

El pasajero de su destino

(…)

No tenemos miedo cuando el viento arranca las

palabras de nuestra garganta

No tenemos miedo de las ballenas ni de todos esos

monstruos que tienen más envergadura que una

campanada

No tenemos miedo de inclinarnos sobre vuestras

canciones de las cuales pueden saltar un géyser

amenazador y el vértigo infinito de las brumas

No tenemos miedo del más allá que se agita como un

mudo el más allá que va a saltar sobre nuestra razón

Y de ese frío lúcido que vela sobre la constelación

de nuestras inquietudes.

Vicente Huidobro

Bla bla bla

De estos textos de Monterroso que te dejan la reflexión en la punta de una carcajada.

Sobre la traducción de algunos títulos

Por: Augusto Monterroso

Cuando yo era chico, ignorar el francés era ser
casi analfabeto. Con el decurso de los años
pasamos del francés al inglés y del inglés a la
ignorancia, sin excluir la del propio castellano.

Jorge Luis Borges, Prólogos

En ninguna forma el tema de estas líneas serán las divertidas equivocaciones en que con frecuencia incurren los traductores. Se ha escrito ya tanto sobre esto que ese mismo hecho demuestra la inutilidad de hacerlo de nuevo. La experiencia humana no es acumulativa. Cada dos generaciones se plantearán y discutirán los mismos problemas y teorías, y siempre habrá tontos que traduzcan bien y sabios que de vez en cuando metan la pata.

Desde que por primera vez traté de traducir algo me convencí de que si con alguien hay que ser paciente y comprensivo es con los traductores, seres por lo general más bien melancólicos y dubitativos. Cuando digamos en media página me encontré consultando el diccionario en no menos de cinco ocasiones, sentí tanta compasión por quienes viven de ese trabajo que juré no ser nunca uno de ellos, a pesar de que finalmente he terminado traduciendo más de un libro.

Estamos en un mundo de traducciones del que hoy ya no podemos escapar. Lo que para Boscán era un pasatiempo cortesano, para Unamuno resultaba un imperativo ineludible. En el siglo xvi Boscán se afanaba en dar a conocer a los españoles las leyes que dictan los buenos modales, puestas en orden por Baltasar Castiglione; Unamuno, en el xx, las que rigen el comportamiento humano, según Arturo Schopenhauer. O sea la diferencia que va de moverse en un salón de baile a hacerlo en el Universo.

Hay errores de traducción que enriquecen momentáneamente una obra mala. Es casi imposible encontrar los que puedan empobrecer una de genio: ni el más torpe traductor logrará estropear del todo una página de Cervantes, de Dante o de Montaigne. Por otra parte, si determinado texto es incapaz de resistir erratas o errores de traducción, ese texto no vale gran cosa. Los ripios con que el argentino Bartolomé Mitre se ayudó no enriquecen la Divina comedia, pero tampoco la echan a perder. No se puede.

En todo caso, es mejor leer a un autor importante mal traducido que no leerlo en absoluto. ¿Qué le va a suceder a Shakespeare si su traductor se salta una palabra difícil? Pero existen los que no lo leen porque alguien les dijo que estaba mal traducido. Y los que esperan aprender bien el francés para leer a Rabelais. Ridículo. Da igual leerlo en español. No se vale despreciar las traducciones de Chaucer cuando uno apenas puede con el Arcipreste de Hita. Por principio, toda traducción es buena. En cualquier caso, pasa con ellas lo que con las mujeres: de alguna manera son necesarias, aunque no todas sean perfectas.

La traducción de títulos es cosa aparte. Los cambios que algunos experimentan al pasar de una lengua a otra generalmente no son errores del traductor. En ningún país de lengua española habrá quien ponga por título Odiseo al Ulysses de Joyce. Alguien de la editorial no se lo permitiría. Digan lo que digan sus críticos, excepto cuando se descuidan es difícil que los editores se equivoquen. Si un título contemporáneo cambia totalmente, lo normal es que haya habido un acuerdo entre autor y editor. El gusto de verse traducido hace que al primero le importe muy poco cómo se llame su libro en otro idioma.

Podría dar ahora una larga lista de títulos curiosamente traducidos; pero como sé que están en la mente de todos no lo voy a hacer y me concretaré a los siguientes:

1) La importancia de llamarse Ernesto. En este momento no recuerdo quién lo tradujo así, pero quienquiera que haya sido merece un premio a la traición. Traducir The Importance of Being Earnest por La importancia de ser honrado hubiera sido realmente honesto; Sigue leyendo

Día oficial de Monterroso (+cuentos)

Augusto nació en Honduras en 1921 y moriría en México 82 años después. Se le conoce, sin embargo, como un “narrador y ensayista guatemalteco”, dicen que por decisión propia, por intentar acercarse a la raíz paterna.

Autodidacta. Nadie vino a enseñarle cómo escribir un cuento hiperbreve que luego se convertiría en el nombre de un concurso internacional, pues Augusto Monterroso conoció de cerca todo tipo de dinosaurios y adquirió maestría en cómo decir más con menos. Sigue leyendo

Se busca un ángel

© David Taggart

© David Taggart

Cuentan de un viejo que aterrizó en un patio un día cualquiera, con unas alas enormes y desplumadas de tanto vuelo.

Cuentan de este viejo que se convirtió en leyenda entre los habitantes del pueblo, que se le confundió con ángel y lo trataron como animal. De todas partes llegaron a verlo, admirando la rareza de su estalaje, sin preguntar siquiera cómo llegó hasta allí, suponiendo todos que habría caído con la lluvia del cielo y que venía a conceder deseos de ángel. Sigue leyendo