Los latidos de Edel

No consigo que mi pecho deje de doler, a pesar de que la herida es suya. Aunque quizás, ahora que lo pienso detenidamente, es suya solo de manera física: desde ese día, cada uno de los miembros de esta familia tiene sobre su pecho una cicatriz de 15 cm. Sigue leyendo

Comidas de domingo

A ciencia cierta, apenas recuerdo si comíamos todos juntos los domingos. Imagino que sí, que compartiéramos la mesa el único día de la semana en el que mi papá no pasaba por delante del televisor con su bicicleta a la hora de los muñes y mi mamá no gritaba desde la cocina: “Rosana báñate para que comas”.

Digo “lo imagino”, porque es una tradición familiar de campo, esa de sentarse todos a la mesa, como la familia que se es, a compartir problemas y alegrías, a plantear proyectos de conjunto, a hacer sobremesa con el batido de mango, la mermelada o los casquitos de guayaba del postre. Lo imagino, porque tristemente casi no puedo recordar a mi papá sirviéndonos el arroz o la ensalada, mientras nos cuenta las “barbaridades” que hace la gente por ahí o a mi mamá velando que no me ensucie la ropa.

Desde que nos mudamos, la vida tomó velocidades diferentes. Se acabaron las comidas familiares en elcomedor de la casa. Abandonamos la sana costumbre de sentarnos a tomar el fresco de la noche, una vez terminadas las labores del hogar. Dejamos de contarnos los proyectos o comenzamos a hacerlo de manera más aislada, apurados siempre, con el Cronos susurrándonos al oído.

Hay días en los que no somos más que extraños caminando por la casa que habitamos. Las paredes que adornamos, los suelos que recorremos… Ahora somos una familia de ciudad, una ciudad cosmopolita que no entiende de costumbres de familias de campo.

Después del “felices por siempre”

Ernesto está creciendo o Disney está perdiendo el toque con el que nos embrujaba (al menos a mi generación) cuando éramos niños. Sigue leyendo

Mirando desde Regla

No visito mucho la casa de mi tía Celita, a pesar de que ella y mis primas me lo piden todo el tiempo. Regla me queda muy lejos, la verdad, y montarse en una ruta 5 cualquier día de la semana, a cualquier hora que escojas, es todo un desafío. Sin embargo, tengo que aceptar que el lugar tiene su encanto, aún cuando mi tía no vive -ni mucho menos- en un barrio opulento, sino que, por el contrario, está rodeada de humildad. Quizá es precisamente eso, Sigue leyendo

Descubrimientos

Este es otro post de niños, a los cuales hace un tiempo no le dedico mis líneas. Realmente no lo escribí yo, pero es algo que voy a tomar prestado, porque sucede todos los días en cualquier hogar cubano donde un padre o madre, descubre a su hijo mirándole los ojos a la historia.

Texto de Liset Prego Díaz

Foto robada de Poesía de Isla

Mi hija tiene dos años y ya ha conocido un héroe. No he sido yo quien se lo presentó, sino su cuidadora, una señora muy experimentada en la educación de niños.
Hace tiempo que mi pequeña habla de él, pero ahora se expresa en oraciones más complejas y su lenguaje, que antes fuera casi un dialecto, ya se hace comprensible.
Anoche, con esa sabiduría otorgada a los niños e ignorada con frecuencia por los adultos, nos sorprendió a todos. Rafael Serrano despedía el noticiero y desde el piso Lucía me miró para decir: “Mamita ese hombie se padece a Maití”. Alelados comenzamos a preguntarle:
– ¿Quién era Martí? -Y ella con mucha naturalidad a responder.
– El profesor”
– ¿Qué hizo?
– Esquibir.
– ¿Para quién?
– Pada los muchachos.
– ¿Y qué escribió?
– Cuentos…y poesía.
– ¿Qué cuentos Lulú?
– El del dedo- dijo agarrándose el más pequeño.
Entonces todos comenzamos a reír, razón tenía el Maestro, los niños saben más de lo que dicen.

El niño de la discordia (+infografía)

Por: Rosana Berjaga (Tomado de Cubahora)

Ernesto tiene 6 años y, como a casi todos los niños de esa edad, le gusta montar bicicleta, jugar a la pelota y sacar a pasear a su perro. De vez en cuando, también saca del cajón de juguetes sus plastilinas para hacer con ellas todo tipo de dulces increíbles, golosinas que luego juega a vender entre los moradores de la casa.

A la mamá le da por pensar que su hijo tiene una gran vocación de dulcero y que tal vez algún día termine por escoger esa profesión, pero la abuela tiene a mal los pregones del niño, al cual preferiría ver jugando a los arquitectos o a los químicos. Sigue leyendo

Las palabras grandes

Para Ernesto todavía no hay palabras grandes ni muy abarcadoras. Las palabras están para decirlas y punto, para que signifiquen lo que significan y la gente entienda lo que debe entender.

Por eso Ernestico AMA y cuando lo hace, también IDOLATRA y si idolatra, pues lo hace MUCHÍSIMO e INFINITAMENTE.