Llueve en Bora Bora

Para mi Peter Pan

Sobre la costa de Bora Bora se ha instalado una nube gris. Llueven malas rachas en las playas del niño pálido que la habita. Deberían llover sueños, deberían caerle chaparrones de ganas y cambios, pero Bora Bora es solo una isla, con un niño, un niño que se ha acostumbrado a ver llover sobre las rocas de su acantilado.

Las últimas cartas de la isla llegaron hace un año. Para aquel entonces ya llovía, pero en la noche aullaban bestias y algunos sonidos parecían voces. Por aquel entonces, cierto viento de esperanza planeaba soplar la nube. Había una niña -también sola en otra isla- que esperaba en lo alto de una montaña ver llegar un barco sin anclas.

Pero los vientos cambian de un día para otro. Entre Bora Bora y Gernesey continuaron las cartas, aunque el barco zarpó pronto y los niños volvieron a casa, a buscar otros vientos y otras nubes.

Peter, he visto experiencia donde tú solo quieres ver fracasos. He visto luz, donde tú no puedes ver otra cosa que sombras. Sigo oyendo voces donde a ti te espanta el silencio. Un niño puede ser lo que quiera ser, incluso si está solo en una isla. No importa si llueve, si ese niño eres tú.

 

Que el tiempo no se robe tu infancia

A Lady la quiero como se quiere a los hermanos pequeños, incluso cuando sé que ella es grande y talentosa. 😀

Este es un trabajo que hicimos de conjunto para el sitio web de noticias Cubadebate, espero lo disfruten, porque a mí me pareció irresistible la sensibilidad de estas fotografías.

Fotos: Ladyrene Pérez/ Texto: Rosana Berjaga

Yo pido todos los días que el tiempo no me robe la infancia. Que la premura de crecer y dejar atrás las vergüenzas de la edad, no me permita echar de lado los buenos recuerdos de mis días de uniforme.

Ya que no me quedan minutos para jugar al pon o saltar la suiza; ahora que casi olvido como tirar los yaquis y me agarra la nostalgia de forrar libretas, cada jornada comienza con el firme propósito de no perder la espontaneidad para enfrentarme a la vida.

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Morirse (ojalá sea de risa)

La primera vez que la muerte se me hizo verdadera, yo tenía alrededor de 6 años. Lola, una vecina loca y sucia, a la que todo el barrio le tenía un respeto tremendo, había muerto finalmente. Y digo finalmente, porque cada vez que vi a Lola caminar por las calles de mi cuadra, me parecía que sería la última vez que la vería.

No se suponía que yo estuviera en el velorio, pero las apuestas son las apuestas y el honor es el honor: ¿cómo iba a ser que la capitana de la nave espacial del barrio, no tuviera la valentía de mirar a la difunta bajo la supervisión de toda su tripulación? Si yo hubiera sabido que cuando llega la muerte, solo deja sobre la tierra una carcasa desmejorada y sin color, poco me hubiera importado el decoro. Pero para ese entonces yo no pensaba en esas cosas ni usaba palabras sofisticadas, solo bonito o feo. Y Lola estaba fea, refea, metida en aquel féretro lúgubre, el más feo-refeo que encontraron. Ni las flores, las que supe enseguida eran para adornar, pudieron darle vida a aquel adefesio (¡qué curiosa selección de palabras!).

Salí despavorida del lugar, como quien ve un muerto (lógico, yo había visto un muerto) y solo volví a entrar en una funeraria el día en que murió el profe Julio García Luis –historia triste que no voy a contar hoy, porque hay muertes que no son para reírse.

Unos poquísimos años después del suceso con Lola, cuando llegó a la casa la noticia de que mi bisabuelastra había muerto, me paré en la sala y anuncié a la familia que el día de mi muerte me dieran candela. Era un momento de shock, imaginen, dispuestos a salir para un velorio y la niña de 10 años diciendo en plena reunión familiar que quiere que le den candela. Obviamente yo hablaba de incineración, a tener en cuenta para después de mi deceso, no antes, pero ya les comenté que en aquel momento yo no usaba palabras sofisticadas.

Afortunadamente, mi mamá me ayudó a superar el trauma de la candela; a mí y a toda la familia, pues quedaron un poco afectados con la idea y, luego del fatídico malentendido, no me dejaban acercarme ni a los fósforos. Sin embargo, lo que nunca pude superar fue la idea de servir de abono a la tierra, y conste que uso palabras bonitas y no otras como “comida de gusanos”, “hacerse agua y huesos”, “pudrirse con el tiempo”… No, estoy diciendo “servirle de abono a la madre tierra”, en el sentido más ecologista que puedo definir. Esa idea de quedarme lívida dentro de un ataúd y que algún capitán de nave espacial de barrio tenga el reto de verme y salir gritando diciendo que estoy fea refea, no me gusta ni un poquito.

Tal vez, solo tal vez, ese componente genético implícito en mi origen bayamés y necesitar limpiar las cosas con fuego, esté de trasfondo en esta decisión, pero a mí me gusta pensar en razones más románticas. Cuando me muera, quiero que mis huesos ardan hasta convertirse en una ceniza fina y que luego me esparzan sobre la bahía de La Habana. De más está decir: si me muero en Bayamo que me entierren en La Habana y si ya estoy aquí, pues ¿para qué gastar en transportación y dolores de cabeza?

Después del “felices por siempre”

Ernesto está creciendo o Disney está perdiendo el toque con el que nos embrujaba (al menos a mi generación) cuando éramos niños. Sigue leyendo

Una niña en una isla (II)

Guernesey, 19 de junio

♫…You spend a lot of time in your head…♪

Faltan poco más de dos semanas para el reencuentro. Creo que estoy nerviosa. Hace mucho que ningún viajero llega hasta Guernesey, o al menos, ninguno que venga con intenciones de quedarse. Sigue leyendo

Descubrimientos

Este es otro post de niños, a los cuales hace un tiempo no le dedico mis líneas. Realmente no lo escribí yo, pero es algo que voy a tomar prestado, porque sucede todos los días en cualquier hogar cubano donde un padre o madre, descubre a su hijo mirándole los ojos a la historia.

Texto de Liset Prego Díaz

Foto robada de Poesía de Isla

Mi hija tiene dos años y ya ha conocido un héroe. No he sido yo quien se lo presentó, sino su cuidadora, una señora muy experimentada en la educación de niños.
Hace tiempo que mi pequeña habla de él, pero ahora se expresa en oraciones más complejas y su lenguaje, que antes fuera casi un dialecto, ya se hace comprensible.
Anoche, con esa sabiduría otorgada a los niños e ignorada con frecuencia por los adultos, nos sorprendió a todos. Rafael Serrano despedía el noticiero y desde el piso Lucía me miró para decir: “Mamita ese hombie se padece a Maití”. Alelados comenzamos a preguntarle:
– ¿Quién era Martí? -Y ella con mucha naturalidad a responder.
– El profesor”
– ¿Qué hizo?
– Esquibir.
– ¿Para quién?
– Pada los muchachos.
– ¿Y qué escribió?
– Cuentos…y poesía.
– ¿Qué cuentos Lulú?
– El del dedo- dijo agarrándose el más pequeño.
Entonces todos comenzamos a reír, razón tenía el Maestro, los niños saben más de lo que dicen.

Ladronzuela (+video)

Estéfani es una ladronzuela encantadora y despiadada. Tiene, además, una estrategia infalible: te da primero una mirada pícara, luego te pide una foto con su mejor amiga, después te lanza un beso y -finalmente- te agarra de la mano y ya no te deja ir.

Esta pequeñita disfruta robando corazones.