de Isaac Asimov

No sé qué cosas pasarían por la cabeza de Isaac Asimov cuando escribía. Navegando gran parte de su vida entre la bioquímica y las letras, este hombre desborda un ingenio tal en sus obras, que siempre me deja pensando en cómo habría sido la misma historia si la hubiese escrito yo. Lógico, la conclusión siempre es que cada uno a lo suyo, y lo de Asimov era, sin margen a las dudas, la ciencia ficción.

Aquí dejo un cuento que encontré ayer mientras visitaba la Feria Internacional del Libro de La Habana. Un cuento que trata sobre la añoranza, un miedo futuro, una posibilidad de ser cuando ya no se es más. Que lo disfruten.

Los ojos hacen algo más que ver

Isaac Asimov

Después de cientos de billones de años, pensó de súbito de sí mismo como Ames. No la combinación de ondas que a través de todo el universo era ahora el equivalente de Ames, sino el sonido en sí propio. Una clara memoria trajo las ondas sonoras que él no oyó ni pudo oír. Sigue leyendo

Éramos dos bajo la lluvia de febrero

Paloma

Una después del diluvio…

Éramos dos palomas empapadas bajo un soportal en plena ciudad. Era sábado y llovía con sol, a cántaros, como esos paisajes surrealistas vistos solo en cuentos de Ivette Vian Altarriba. Estábamos pegados y mojados, robando del otro tanto calor como era posible. Mi pecho adherido a su hombro. Su codo estrujando mi abdomen. Su mano dormida entre mis muslos. Si no fuese por el trágico impudor de la ropa ceñida a cada curva del cuerpo –o tal vez también por eso- hubiese contado como el momento más interesante de la semana. Y ninguno de los dos movió músculo alguno, más allá de los ojos, que se encontraban insistentemente cada cierto tiempo y hacían un recorrido minucioso sobre toda parte que tocaba descaradamente el cuerpo del contrario. Sigue leyendo

Los sueños de Sofía

Sofía siempre soñó con jardines. Majestuosos y exuberantes jardines donde haría crecer orquídeas variopintas en las ramas ya secas de una antigua secuoya.

Ya diseñaba en su mente el lugar donde ubicaría  los helechos encaje y las ginuras. Ponía aquí, quitaba de allá. Todo en perfecta armonía. Tenía pensado, incluso, comprar semillas de maracuyá y animar las tardes de lectura con cantos de tomeguín, que andarían siempre libres entre los flamboyanes de mayo y las picualas. Sigue leyendo