#DíaDeMonterroso: Nube

La nube de verano es pasajera, así como las grandes pasiones son nubes de verano, o de invierno, según sea el caso.

Augusto Monterroso

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De estos textos de Monterroso que te dejan la reflexión en la punta de una carcajada.

Sobre la traducción de algunos títulos

Por: Augusto Monterroso

Cuando yo era chico, ignorar el francés era ser
casi analfabeto. Con el decurso de los años
pasamos del francés al inglés y del inglés a la
ignorancia, sin excluir la del propio castellano.

Jorge Luis Borges, Prólogos

En ninguna forma el tema de estas líneas serán las divertidas equivocaciones en que con frecuencia incurren los traductores. Se ha escrito ya tanto sobre esto que ese mismo hecho demuestra la inutilidad de hacerlo de nuevo. La experiencia humana no es acumulativa. Cada dos generaciones se plantearán y discutirán los mismos problemas y teorías, y siempre habrá tontos que traduzcan bien y sabios que de vez en cuando metan la pata.

Desde que por primera vez traté de traducir algo me convencí de que si con alguien hay que ser paciente y comprensivo es con los traductores, seres por lo general más bien melancólicos y dubitativos. Cuando digamos en media página me encontré consultando el diccionario en no menos de cinco ocasiones, sentí tanta compasión por quienes viven de ese trabajo que juré no ser nunca uno de ellos, a pesar de que finalmente he terminado traduciendo más de un libro.

Estamos en un mundo de traducciones del que hoy ya no podemos escapar. Lo que para Boscán era un pasatiempo cortesano, para Unamuno resultaba un imperativo ineludible. En el siglo xvi Boscán se afanaba en dar a conocer a los españoles las leyes que dictan los buenos modales, puestas en orden por Baltasar Castiglione; Unamuno, en el xx, las que rigen el comportamiento humano, según Arturo Schopenhauer. O sea la diferencia que va de moverse en un salón de baile a hacerlo en el Universo.

Hay errores de traducción que enriquecen momentáneamente una obra mala. Es casi imposible encontrar los que puedan empobrecer una de genio: ni el más torpe traductor logrará estropear del todo una página de Cervantes, de Dante o de Montaigne. Por otra parte, si determinado texto es incapaz de resistir erratas o errores de traducción, ese texto no vale gran cosa. Los ripios con que el argentino Bartolomé Mitre se ayudó no enriquecen la Divina comedia, pero tampoco la echan a perder. No se puede.

En todo caso, es mejor leer a un autor importante mal traducido que no leerlo en absoluto. ¿Qué le va a suceder a Shakespeare si su traductor se salta una palabra difícil? Pero existen los que no lo leen porque alguien les dijo que estaba mal traducido. Y los que esperan aprender bien el francés para leer a Rabelais. Ridículo. Da igual leerlo en español. No se vale despreciar las traducciones de Chaucer cuando uno apenas puede con el Arcipreste de Hita. Por principio, toda traducción es buena. En cualquier caso, pasa con ellas lo que con las mujeres: de alguna manera son necesarias, aunque no todas sean perfectas.

La traducción de títulos es cosa aparte. Los cambios que algunos experimentan al pasar de una lengua a otra generalmente no son errores del traductor. En ningún país de lengua española habrá quien ponga por título Odiseo al Ulysses de Joyce. Alguien de la editorial no se lo permitiría. Digan lo que digan sus críticos, excepto cuando se descuidan es difícil que los editores se equivoquen. Si un título contemporáneo cambia totalmente, lo normal es que haya habido un acuerdo entre autor y editor. El gusto de verse traducido hace que al primero le importe muy poco cómo se llame su libro en otro idioma.

Podría dar ahora una larga lista de títulos curiosamente traducidos; pero como sé que están en la mente de todos no lo voy a hacer y me concretaré a los siguientes:

1) La importancia de llamarse Ernesto. En este momento no recuerdo quién lo tradujo así, pero quienquiera que haya sido merece un premio a la traición. Traducir The Importance of Being Earnest por La importancia de ser honrado hubiera sido realmente honesto; Sigue leyendo

Día oficial de Monterroso (+cuentos)

Augusto nació en Honduras en 1921 y moriría en México 82 años después. Se le conoce, sin embargo, como un “narrador y ensayista guatemalteco”, dicen que por decisión propia, por intentar acercarse a la raíz paterna.

Autodidacta. Nadie vino a enseñarle cómo escribir un cuento hiperbreve que luego se convertiría en el nombre de un concurso internacional, pues Augusto Monterroso conoció de cerca todo tipo de dinosaurios y adquirió maestría en cómo decir más con menos. Sigue leyendo

De picnic con Monterroso (+fotos)

Cuando me percaté de que no podría luchar contra Augusto Monterroso, opté por la opción más inteligente: también nos lo llevamos de picnic en la mochila y tengo que confesar que lo disfrutamos y que el Cristo, siempre hospitalario, y Augusto se llevaron de lo mejor. Sigue leyendo