Desnúdate para mí

Despójate de todo. Si tienes miedo, yo también. No importa. Imaginemos que vamos solo dos, que no hay espacio para más, y lánzate.

Precipicio abajo.

En caída libre lánzate.

No prometo estar para esperarte cuando concluya la caída. No sostendré tu cabeza a tiempo para evitar se haga mil pedazos sobre el suelo.

Toma el riesgo. Saca tu ajedrez y empecemos la partida más cruenta en la historia de dos desconocidos. Sin permitir que mi dama abandone su estrategia o que tu rey se deje rendir. Pelea hasta el final, hasta que no haya sobre el tablero más que los dedos sosteniendo la última jugada.

Deja todo lo demás fuera de este espacio. No es una fiesta de amor. No es un poema, pero te invito a que vengas desnudo, desgarrado, en los huesos, con las heridas y los brazos abiertos, sin corazón o con él, no me importa. Me importa que vengas, que te traigas.

Te quiero lanzado, estrellado, deshecho, con el trozo de sentimiento que te quede o sin él.

No prometo estar. No para siempre. No hasta el happy ending. Yo solo prometo lo que puedo cumplir. Y eso es que también vendré desnuda a perder la guerra, a que me abracen los fuegos, a apostar el todo o nada de mis vagos retos de alma corroída.

Envidias

Envidio a quienes han amado con la certeza de que nunca terminará. No sé con exactitud si me resiente más esa divina ignorancia del futuro o el opio de la razón perdida.

Confieso que los envidio como -ante la inocencia arrebatada- los hijos del socialismo envidiamos en secreto a quienes aún no descubren el embuste del espíritu de la Navidad, de los Reyes Magos, Papá Noel, el Ratón de los dientes de leche y otras tantas falacias humanas heredadas de otros tiempos.

Cuando La Habana se dibuja de lejos (+ fotos)

                                                                                                                                                Al aniversario de esta ciudad

Nota: La deuda está casi saldada, en un texto raro que sirve de mero acompañamiento a unas fotos maravillosas

Fotos: Ladyrene Pérez/ Texto: Rosana Berjaga

A veces La Habana se dibuja de lejos sumergida en atardeceres ocres y soles vespertinos. La verdad es que puede dibujarse así o a pleno día, ella se sabe comodín de los requerimientos del ánimo, según designios de almas maniatadas por la costumbre.

Sí es cierto que La Habana está exhausta de que la canten poetas y la sueñen migrantes inconformes. Cierto que anda agotada de que no la dejen dormir amores trasnochados y desfiles profusos. Cierto.

¡Al infierno la paranoia con las miles de fotografías de sus ruinas, si bajo los escombros vuelven a nacer los árboles! ¡Oídos sordos a la esquizofrenia de plaza sitiada! La Habana quiere que la dejen ser, así en claroscuro, en matices, en luces y sombras.

Niña mimada de antiguos lujos prestados y contradictorios florecimientos, le vale más el recuerdo de la última pisada de luna sobre el sendero de adoquines o del vuelo de una bicicleta de niño entre los charcos de la calle, que el colorete póstumo a edificios convertidos en parques y bares abarrotados de turistas. Pero hay que sobrevivir, se dice, cuando sobre los sueños solo permanecen en pie pocas y nobles esperanzas. Sigue leyendo

Supongamos

Supongamos que no somos más, que el cielo no volverá a unirse con la tierra, que las estrellas no formarán palabras, que el sol marchitará arcoíris y que el flan se secará en el horno.

Supongamos que te marchas con la dignidad en alto y el corazón hecho cenizas, aunque no lo digas, porque en la madrugada te despierta el timbre de un reloj que no te suena para avisarte de nada, de que no es tu hora, de que tu trabajo no te espera.

Supongamos que te descubres con las venas abiertas de arriba a abajo, sin gota de sangre en las manos, sin insomnio previo, sin cansancio posterior y sin remedios a problemas irreales.

Supongamos que me fui, que no estaré más, y que eso supone un alivio tan grande, que no sabes cómo manejar las muchas horas sin mi que se avecinan.

Paganidad y herejía

Ninguna ilusión debería llevar el apellido de pagana. A toda honra, a toda fe, la ilusión eleva lo que no cabría en el imaginario del cuerdo, del curado de espanto, del tonto descreído. No debería ilusión alguna tildarse tampoco de hereje. No debería.

De ilusiones voy hecha. Pequeñas y extrañas fececitas que -según alguna controvertida ley de dios- paganas y herejes, me harán llevar a la hoguera.