Ya que preguntas…

No habrá llamado para eso, pero las conversaciones telefónicas tienen algo parecido a la ubicuidad, y una capacidad para transformarse en medio del camino y ser muchas pláticas en una sola. Sabe Dios para qué habrá llamado. No pregunté, más bien no nos preguntamos nada, aunque en algún lugar paralelo de la conversación alguien habrá escuchado aquel fragmento inquietante de una novela extranjera.

-Entonces ¿qué quieres oír?

 -Quiero oír que cuando encontraste este sitio ya sabías para qué ibas a venir, que cuando trajiste la manta, ya sabías para qué la ibas a usar, que cuando viniste esta noche a buscarme ya sabías qué iba a pasar, y quiero oír que no has hecho preguntas para no escuchar respuestas que no te convenían, y que has cruzado los dedos para que yo no cruzara las piernas, y que no podías aguantar más, que es superior a tus fuerzas, que me tenías tantas ganas que si te hubiera suplicado con lágrimas en los ojos que me respetaras, tú habrías hecho lo mismo conmigo. Eso quiero oír…

Malena es un nombre de tango. Almudena Grandes

 

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Tú eres como mi isla

Él tiene los ojos a medio sonreír y el entusiasmo de Cristóbal Colón y Marco Polo juntos. Tiene también el ansia conquistadora de Alejandro Magno, y la ambición de llegar a regiones prístinas y valles inexplorados de mi ser. Ha dicho que viene a redescubrirme… a repoblarme de sentimientos extraviados.

Para él poco importa que yo no me traiga el corazón a este evento. Al menos no ahora. Él me mira de frente y a rajatabla me impele: “Eres como mi isla: compleja, inexplicable, a veces desconcertante. Entre más me acerco, menos te entiendo. Pero no me voy, Rosana. No me voy”.

Y sin importar mi susto, planta bandera. Y alista los pendientes. Y se queda sin explicarme si será para siempre, si seré colonia o república…

Desnúdate para mí

Despójate de todo. Si tienes miedo, yo también. No importa. Imaginemos que vamos solo dos, que no hay espacio para más, y lánzate.

Precipicio abajo.

En caída libre lánzate.

No prometo estar para esperarte cuando concluya la caída. No sostendré tu cabeza a tiempo para evitar se haga mil pedazos sobre el suelo.

Toma el riesgo. Saca tu ajedrez y empecemos la partida más cruenta en la historia de dos desconocidos. Sin permitir que mi dama abandone su estrategia o que tu rey se deje rendir. Pelea hasta el final, hasta que no haya sobre el tablero más que los dedos sosteniendo la última jugada.

Deja todo lo demás fuera de este espacio. No es una fiesta de amor. No es un poema, pero te invito a que vengas desnudo, desgarrado, en los huesos, con las heridas y los brazos abiertos, sin corazón o con él, no me importa. Me importa que vengas, que te traigas.

Te quiero lanzado, estrellado, deshecho, con el trozo de sentimiento que te quede o sin él.

No prometo estar. No para siempre. No hasta el happy ending. Yo solo prometo lo que puedo cumplir. Y eso es que también vendré desnuda a perder la guerra, a que me abracen los fuegos, a apostar el todo o nada de mis vagos retos de alma corroída.

Supongamos

Supongamos que no somos más, que el cielo no volverá a unirse con la tierra, que las estrellas no formarán palabras, que el sol marchitará arcoíris y que el flan se secará en el horno.

Supongamos que te marchas con la dignidad en alto y el corazón hecho cenizas, aunque no lo digas, porque en la madrugada te despierta el timbre de un reloj que no te suena para avisarte de nada, de que no es tu hora, de que tu trabajo no te espera.

Supongamos que te descubres con las venas abiertas de arriba a abajo, sin gota de sangre en las manos, sin insomnio previo, sin cansancio posterior y sin remedios a problemas irreales.

Supongamos que me fui, que no estaré más, y que eso supone un alivio tan grande, que no sabes cómo manejar las muchas horas sin mi que se avecinan.

Sincronicidad de Jung (+fotos)

Causalidad No.1

Yo estaba allí cuando Armstrong nació, escuchando parirle en medio de los acordes, como una visión del pasado. Ciento trece años después, pero allí. Sin saber que no era casual la elección de What a wonderful world como tema de apertura para una noche diferente.

Un 4 de agosto, a pocos días de nacer yo también, y pretendiendo mirar al cielo. H está tumbado a mi lado, posando para mi lente y reconstruyendo los destrozos del último fuego. No le gusta el jazz, no le gusta que mientras suena como pretexto, yo le obligue a reinventarse y a mirarse de la garganta hacia dentro; pero se deja llevar por la síncopa de Los músicos de jazz, aunque tampoco le gusta Pimienta, aunque mi mundo lo aterra. Yo creo que ahora él también está viendo nacer a Armstrong y ha decidido dejarle ser. Entre nosotros, ha decidido dejarle sonar.

«Los músicos de jazz no pertenecen a la misma especie
que el resto de los hombres. Son solo sombras,
siluetas de colores sin nombres ni familia.»
H a dos tonos

 

Causalidada No.2

Se quebró. Se agotó de rodar por los suelos, de ser estrujado entre papeles y estuches. Se cansó de transportar ideología, ocio, sueños, experimentos torpes con luz, mi HDD.

Ella parece intuirlo, ¿acaso imagina que ando con los ánimos bajos? ¿Es posible que haya presentido el abandono de mi HDD, la orfandad de información, la desolación de ceros y unos? Sería jugar demasiado con la metafísica, tensar de más las cuerdas de la teoría. Pero deja qué pensar…

Si va cayendo la noche, a ella le da por fotografiar mi atardecer y mis colores, los que veo desde la azotea donde pienso cómo hacer fotos-respuesta, fotos-regalo. Si nos llueve, como anoche, o antes de anoche, o el día aquel en que lo vio, pero andaba sin cámaras; entonces entonces nos leemos a Pimienta y hacemos instantáneas de arcoíris, de pájaros, para que se nos vaya lo gris, para sorprendernos con la causalidad.

«(…) Y grandes fotos. Inmensas fotos
de otros músicos de jazz, llorosos.
Fotos desenfocadas y húmedas,
cargadas de electricidad estática.»

Can´t you hear me

♫ I am calling you
Can’t you hear me
I am calling you ♪

Bagdad Cafe´s Soundtrack

Riel smokey

(Junto a la ventana, el camino se ve igual cada mañana. La rutina de poner el café sin más sonido que el recuerdo de reparar la máquina y un par de tostadas… no a lo francés, porque eso solo sabes hacerlo tú y ahora intento desintoxicarme de ti. Me siento a escuchar un blues en lo que el café se prepara y pongo mis ojos en el camino, que está vacío como todas las mañanas; y no hago caso del gato -también en la ventana- y me quito las pantuflas que me regalaste para los días fríos y desando el suelo descalza limpiándome los pies de ti. Hago café porque sé que no te gusta, que solo lo tomas con leche: este voy a tomármelo bien negro, bien amargo… estoy olvidándome de ti. Y también voy a romper la dieta y dejar de correr en las tardes. Voy a cortarme el pelo. Más. Voy a cortarme el pelo tan corto que no me reconocerías. Y las próximas cervezas, me las beberé a tu salud: a la mierda eso de que todo el mundo es un borracho en potencia. Sigue leyendo