Julio Larramendi: un bicho raro (+Fotos)

Por: Rosana Berjaga

A pesar de ser una persona llena de proyectos, el fotógrafo cubano Julio Larramendi, siempre encuentra tiempo para escuchar música, leer un libro o recibir en su casa a quien busque conocer un poco sobre su quehacer fotográfico.

Ese es el momento en el que Larramendi, con una vocación pedagógica quizá desconocida para él, y entre una y otra cita de trabajo, hace maromas para responder preguntas, brindar helado, mostrar libros y dar lecciones de historia de la fotografía cubana.

Esta habilidad “multitarea”, parece tener base en aquellos tiempos de la infancia, cuando Julio debía ingeniárselas para complacer las estrictas demandas educativas de su abuela y ganar, además, un poco de tiempo para hacer las cosas que le apasionaban.

Yo soy santiaguero y me crié con mi abuela. Ella, que fue primero maestra rural y después directora de un centro escolar, tenía bien claro que la educación de un niño requería disciplina. Por lo que en mi casa había televisión, pero su disfrute tenía horario, porque la escuela era prioridad, aunque confieso que la gran competencia era la pelota.

Las noches eran para leer y tuve la suerte de recibir como regalo, una colección increíble de libros. Todo aquello imprescindible que un niño o joven debe leer, desde Julio Verne, Emilio Salgari, incluyendo otras cosas más serias como Hemingway, había en mi librero.

De esa manera, la literatura entró en vena y hoy sigo leyendo muchísimo sobre cualquier temática. Tengo libros en el baño, en el estudio, en el cuarto y normalmente estoy leyendo hasta tres cosas a la vez: una novela, una revista y un libro de fotografía.

Más que un buen estudiante, siempre fui un alumno estudioso. Me sentaba en los primeros asientos del aula y atendía completamente al contenido que daba el profesor. Así, cuando ponían la tarea en el pizarrón, yo la iba resolviendo para asegurarme de tener después ese tiempo libre.

Cuando llegaba a la casa y mi abuela me mandaba a hacer la tarea, ya yo la tenía hecha. Ella me la revisaba y si estaba bien, tenía el resto de mi tiempo para jugar a la pelota o leer. Fue de esta forma, como mi abuela descubrió que a mí me sobraba el tiempo, mientras que a ella le faltaba y me dio a escoger entre clases de piano o de inglés.

En aquella época, en Santiago de Cuba, se veía un poco raro que un varoncito tocara piano. Hoy tenemos menos prejuicios, pero en aquel momento yo dije que no. Hoy lo lamento, porque inglés podía haber aprendido después.

Fue así como el niño que soñaba con ser pelotero y que aún no había descubierto su pasión por la fotografía, terminó recibiendo clases de inglés, seguro de que elegía la mejor opción. Años después, cuando reconoce su amor por la música, no deja de mencionar tampoco esa ruptura, según él, que no permite la comunicación del oído y el cerebro con sus pies y manos.

Sobre una de las estanterías de su estudio, donde acumula el saber fotográfico de unos cuantos cientos de años y fonogramas de otros tantos, yace una de las tres guitarras que le han regalado los amigos. Mirándola, se burla de ser santiaguero y no saber bailar más allá del conteo profuso de los pasos y de no tomar ron o cerveza.

Imagina que hubo un tiempo en el que me decían “chuncunchanca”, porque era el orden de los pasos para bailar casino. Yo jamás podría bailar en una rueda. Lo mío es bailar con la muchacha, darle las vueltas y seguir los pasos. Eso sí, mis gustos musicales van desde los Beatles, hasta la música clásica. El jazz también me gusta mucho y ese amor por la música, de alguna manera lo comencé a reflejar también en mis fotografías.

Creo que soy un bicho raro. Han confluido en mi formación varios factores que de alguna forma han forjado en mí lo bueno, lo malo, lo poco o lo mucho que soy hoy. Siendo niño también estudié dibujo, pero no era muy malo.

Todas estas inclinaciones, puedo decir que fueron búsquedas de expresión y el encuentro con la fotografía, absolutamente casual, se convirtió en ese medio de expresión rápido, que depende fundamentalmente de quien hace la foto. El estar solo con tu cámara y que el resultado final, dependa de ese momento de intimidad. Pero la música también está allí, yo tomo imágenes con un ritmo, y trato de expresar en mis fotografías lo que está dentro de mi cabeza.

Aunque fue un estudiante de buenas calificaciones en general, Julio Larramendi estaba más interesado en las ciencias. Excepto la Química, asignatura que detestaba, a pesar de los intentos de su profesora de 10mo grado por hacerle ganar interés en la materia. Finalmente, lo que no pudo su maestra, lo consiguió el amor. Siendo un adolescente toadvía viajó a la antigua Unión Soviética para estudiar la ciencia que aborrecía.

Yo quería mucho a esa novia y sus padres confiaban en mí. Solo la dejarían viajar si yo iba con ella. Entonces me fui a estudiar una carrera que detestaba solo para acompañarla. Aunque no fuimos novios mucho más tiempo, yo ya estaba en Rusia.

Estábamos en un pueblito de segunda, donde lo único de importancia era la escuela de Química, en la cual estudiaban todos los técnicos de las fábricas del país. Si a la falta de lugares de interés, le sumas las bajísimas temperaturas, la vida se hacía prácticamente dentro del instituto.

Allí tuve mucho tiempo de dedicarme a la fotografía. Pasaba horas en el laboratorio revelando negativos y a medida que me fui compenetrando con la imagen, fui ganando interés por la cuestión técnica. De tal forma, que cuando me gradúo y regreso a Cuba, ya pensaba irme por esa vertiente.

Una vez en Cuba, comencé a trabajar en un Laboratorio de Investigaciones sobre Fotografía, donde estuve más de veinte años e, incluso, llegué a dirigirlo. Encontré en él una forma de realización personal. Aprendí técnica fotográfica, tecnología, composición, película fotográfica, producción, procesamiento. Había muchísimos libros de técnica, pero no para hacer fotografía, sino para producir los materiales.

Conté también con el apoyo de un amigo con muy buena preparación desde el punto de vista científico, José Luis Rojas. Él me proporcionó literatura técnica e información sobre Óptica, que es una parte imprescindible y muchas veces soslayada. Hay ocasiones en las que un fotógrafo tiene un lente y ni siquiera conoce sus posibilidades y limitaciones.

Los años de trabajo en el Laboratorio, permitieron a Larramendi conocer importantes empresas fotográficas extranjeras, en una época en la que Cuba soñaba con poder producir sus propios materiales fotográficos. La vida lo llevó también a colaborar con el laboratorio del ICAIC, mientras, en paralelo, él continuaba realizando sus proyectos personales.

El interés por comenzar de manera profesional en el mundo de la fotografía vino con la alegría del segundo lugar en un concurso del MININT, allá por finales de los 80 y el primer lugar, en 1990 del Premio Fotocasa 90 Internacional, auspiciado por la AIN.

Luego trabajó como fotógrafo en varias revistas, para las cuales aportó en temáticas que iban desde la fotografía submarina hasta la religión y la cultura. En ese devenir, llegó la oportunidad de hacer publicidad, nacido –quién lo hubiera pensado- de un contratiempo.

Entre 1999 y 2004, mi otra gran ocupación fue la publicidad. Fueron años en los que desde el Túnel de la Bahía hasta Varadero, uno se encontraba numerosas vallas de productos comerciales. De esas, puedo decir que una buena parte tenía mis fotos. Todavía hoy, circulan algunos de mis trabajos.

Muchos eventos deportivos que se realizaban en el país estaban patrocinados de alguna manera por marcas como Habanos, Bucanero, pero los anuncios eran muy discretos. Hasta que un día, se decidió que tales mensajes promovían el consumo y eso no iba con los valores de nuestra sociedad socialista. Así se fueron sustituyendo las vallas, los carteles y demás, por otros culturales, políticos y sociales, cuya calidad es hoy muy variable. De pronto me vi sin fuente básica de ingresos, pero hacer anuncios fue una escuela a la que le saqué provecho.

Aprendices hace más de dos décadas

En publicidad estamos peor que hace veinte años. De modo que lo principales problemas son la falta de espacio y el poder de decisión de algunos empresarios sobre cómo hacer la publicidad.

Hay que reconocer que tenemos una escuela de diseño magnífica, de donde salen profesionales excelentes, pero que muchas veces tienen las manos atadas ante determinadas decisiones empresariales.

Hay empresas que no entienden determinadas líneas de diseño o no les interesa, y a veces cuentan con los recursos para hacer las cosas y los espacios, pero no saben aprovecharlos por desconocimiento. Material humano hay y tecnología también, pues no es tanto lo que se requiere. Sentido común es lo que falta en ocasiones.

Incluso cuando se trata de mensajes de bien público, Larramendi afirma que las lecciones de la publicidad son muy necesarias. Esa capacidad para decir mucho con poco, la posibilidad de usar el ingenio y convertir “el gancho” en un punto a favor. Así como lo hizo Korda con la imagen de Fidel a inicios de la Revolución, en la consecución de una personalidad con liderazgo que llegara a las masas.

Porque para Julio Larramendi, la Revolución también se hace con creatividad. El repaso de sus días hasta hoy, de aquellas personas a quienes considera “maestros”, lo llevan a Osvaldo Salas, de quien, afirma, se suele pasar por alto.

Osvaldo Salas es una de las figuras un tanto olvidada en nuestra fotografía y, sin embargo, fue el maestro de casi todos los fotógrafos que vinieron después. Él era profesional en Nueva York y tenía su propio estudio especializado en fotografía deportiva y social. Tenía como discípulo a Roberto, su hijo, quien también comenzó a hacer fotografía muy joven.

De esas cosas increíbles que suceden, ellos se mezclan con Fidel Castro cuando este está en la clandestinidad, de modo que las fotografías que se tienen hoy de Fidel en Nueva York, antes del triunfo revolucionario, fueron hechas por Osvaldo y Roberto Salas. Incluso, su identificación con la causa es tal, que se arriesgan a colgar desde la antorcha de la Estatua de la Libertad una bandera del 26 de julio. La foto la hace Roberto y eso se da a conocer en todo el mundo para demostrar que el movimiento también estaba allí.

Cuando finalmente triunfa la Revolución, ambos abandonan cuanto tenían en NY, aun siendo ciudadanos norteamericanos, y regresan a Cuba a trabajar como periodistas para registrar esos primeros años de efervescencia.

De amigos y maestros

Hasta ahora, ha sido más de una hora de charla, interrumpida en este momento por el timbre de un teléfono. Apenas si he formulado las preguntas que tenía preparadas, pero Julio Larramendi regresa con ánimo de hablar sobre Compay Segundo. Hay historias a las que uno simplemente no puede negarse.

Los  dos últimos años de la vida de Compay Segundo, yo fui su fotógrafo personal. En los años 80, Compay, como muchos buenos artistas cubanos, estaba pasando las de Caín. Él era un torcedor de tabaco y eventualmente lo invitaban a tocar en Círculos Sociales, donde lo hacía, a veces, solo por la comida.

 En una de esas ocasiones coincidimos. Le tomo una fotografía y a los pocos días, a través de una amistad común, se la hago llegar, gesto al que él responde con cierto pesar: “Caramba Larra, pero yo no tengo dinero para pagarte.”

Para cuando vuelvo a verlo, ya él se había mudado para La Habana y se había unido al Buena Vista Social Club. Había pasado mucho tiempo, pero me sorprendió que la relación fuese como el primer día. Con dinero o sin él, Compay era la misma persona humilde, afable y carismática.

En ese momento me pide que me una a él. Entonces, el Chino Arco y yo comenzamos a hacerle fotografías. Pero más que eso, yo disfrutaba que este hombre me llamara un domingo por la mañana, para sentarme con él en el patio de su casa y ver cómo se tomaba su roncito y se fumaba un tabaco.

Para su 95 cumpleaños le hicimos toda una serie de productos de promoción, que desgraciadamente termina con su muerte. Recuerdo que cuando murió, me fui por carretera hasta Santiago de Cuba para asistir a su entierro y me emocionó ver al pueblo santiaguero siguiéndolo por las calles hasta Santa Ifigenia, en un entierro multitudinario. Pude hacer pocas fotos de ese momento, pero con esas, se cierra el catálogo que habíamos preparado para el aniversario. Creo que, a pesar de su edad, murió antes de tiempo. El consuelo es que esos últimos años los vivió como un rey.

Para la década de los 80, se puede decir que este fotógrafo conocía mejor la Unión Soviética que su propio país. Eso, hasta que encontró en su camino a José Ramón Cuevas, quien por muchos años mantuvo un popular espacio sobre naturaleza en la televisión cubana, llamado Entorno. Con él, comenzó su atracción por las bellezas naturales de la isla.

Cuevas fue la primera persona que me enseñó los valores naturales y culturales de este país. Siento que fue ahí cuando comenzó mi verdadera formación en el conocimiento de Cuba: él me enseñó a quererla de una manera diferente, donde importaban también las tradiciones culturales, la identidad.

La naturaleza se convirtió después en mi gran oportunidad de escapar de la ciudad. Siempre he vivido en urbes y me abruma el calor, la contaminación, el ruido. De manera que cada 15 días aproximadamente, yo necesito escapar.

Hacer libros sobre naturaleza fue, entonces, una excelente justificación para saciar dos pasiones. No hay nada más agradable que irte con tu mochila al hombro por la orilla del río, donde lo único que se escucha es el agua y el canto de las aves. En Cuba tenemos tanto de eso: Baracoa, Parque Humboldt, Guanacahabibes, la Ciénaga de Zapata…

Por otro lado, la carencia absoluta por muchos años de libros que reflejaran la naturaleza cubana, era un impulso para salir a investigar y fotografiar. Hoy ya se tiene un repertorio bastante importante de esos materiales, aunque lamentablemente no se ha logrado reproducir la cantidad que se quisiera. Por eso, lo que hacemos es que los regalamos en formato pdf e incitamos a las personas a que los copien y los difundan.

Sesión fotográfica

Para alguien que ha hecho fotografía de naturaleza gran parte de su vida, donde la imagen que necesitas puede aparecer en cualquier momento sin previo aviso, Larramendi posee un método poco convencional:

Yo no busco las fotos. Respeto a los colegas que andan con su cámara encima todo el tiempo, pero yo en lo particular, si no tengo ganas de hacer fotografía, no salgo con la cámara, así sea el evento más importante del mundo. Los días que no hay inspiración, las fotos no salen igual. Incluso, cuando debo trabajar, si no estoy inspirado, no lo hago. No sé si será bueno o malo, pero es mi método.

Gracias a esta práctica, ha perdido no pocas fotografías y a fuerza de errores, aprendió que los días de inspiración tampoco están exentos de sucesos inoportunos.

Una vez yo estaba en el Alhambra, uno de los enanos que logré matar en un recorrido que hice con Alicia García por España. El Alhambra era uno de esos lugares imperdibles, pero que además costaba muchísimo. Yo llevaba una sola cámara, con mucho uso, que ya me había fallado un par de veces en Madrid.

Héctor Garrido, un fotógrafo español amigo mío, me había enviado por correo el cuerpo de una de sus cámaras, pero yo no me sentía cómodo con ella, por lo que continué trabajando con la mía. En medio de la sesión fotográfica, mi cámara dejó de funcionar y aunque terminé las fotos con la de Garrido, no me sentí conforme con el resultado. Nunca más salí con una sola cámara.

Arquitectura, detalles, fotografía subacuática, macrofotografía, son algunos de los “apellidos” que ha tenido Julio Larramendi. No obstante, luego de algunos años sin atreverse a vestir esa piel, Julio comenzó a retratar personas, quizá en una nueva búsqueda de expresión, esta vez, de sus propias raíces.

Ya fuera en la Sierra Maestra o en Guanacahabibes, el fotógrafo admite que el campesino cubano es inigualable: Es esa persona a la que tocas su puerta, en medio de la noche para pedirle el favor de dormir en su portal y se niega, te brinda su comida y su cama; y en la mañana, te mira ofendido si pretendes pagar por el gesto de sincera hospitalidad que acaba de tener. Nosotros tenemos un pueblo generoso y esta interacción con los campesinos durante años, me ha llevado a interesarme más por la fotografía de personas.

De ahí que los 1ro de mayo sean una tradición para mí. Es algo muy nuestro, sin paralelos en el resto del mundo. Las personas no van obligadas a la Plaza de la Revolución, van porque quieren ir y a mí me seduce este júbilo, este confluir de personajes. Son muchas las oportunidades de hacer una buena fotografía, además del interés, digamos antropológico, que lleva implícito.

Mis mejores fotos el pasado año fueron de personas que encontré durante la misa ofrecida por el Papa en La Habana. Para mí, la gente es lo más atractivo que hay y no se trata de captar una esencia, sino esa expresión, ese gesto, que se da en una situación y contexto determinado, donde la fotografía dice mucho de la persona, pero no logra descubrirla por completo. La gente tiene esa magia.

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4 comentarios en “Julio Larramendi: un bicho raro (+Fotos)

  1. Estoy de acuerdo con Larramendi (y contigo, cuando uno cita a alguien está haciendo suyas sus palabras): la gente es lo más atractivo que hay. Para mí los retratos tienen una cualidad que los hace únicos. Será una cuestión de empatía con los demás seres humanos, no lo sé; pero nada iguala al sentimiento (uso esta palabra en lugar de “sensación” con total conciencia) que me provoca la presencia de otro ser humano igual a mí.
    Excelente post. Completísimo.

  2. yo sabía que tenía que regresar, que ya habían fotos nuevas en tu blog, para que yo me las lleve, jeje. Abrazos, y feliz 2014 para ti, se te extraña.

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