Morirse (ojalá sea de risa)

La primera vez que la muerte se me hizo verdadera, yo tenía alrededor de 6 años. Lola, una vecina loca y sucia, a la que todo el barrio le tenía un respeto tremendo, había muerto finalmente. Y digo finalmente, porque cada vez que vi a Lola caminar por las calles de mi cuadra, me parecía que sería la última vez que la vería.

No se suponía que yo estuviera en el velorio, pero las apuestas son las apuestas y el honor es el honor: ¿cómo iba a ser que la capitana de la nave espacial del barrio, no tuviera la valentía de mirar a la difunta bajo la supervisión de toda su tripulación? Si yo hubiera sabido que cuando llega la muerte, solo deja sobre la tierra una carcasa desmejorada y sin color, poco me hubiera importado el decoro. Pero para ese entonces yo no pensaba en esas cosas ni usaba palabras sofisticadas, solo bonito o feo. Y Lola estaba fea, refea, metida en aquel féretro lúgubre, el más feo-refeo que encontraron. Ni las flores, las que supe enseguida eran para adornar, pudieron darle vida a aquel adefesio (¡qué curiosa selección de palabras!).

Salí despavorida del lugar, como quien ve un muerto (lógico, yo había visto un muerto) y solo volví a entrar en una funeraria el día en que murió el profe Julio García Luis –historia triste que no voy a contar hoy, porque hay muertes que no son para reírse.

Unos poquísimos años después del suceso con Lola, cuando llegó a la casa la noticia de que mi bisabuelastra había muerto, me paré en la sala y anuncié a la familia que el día de mi muerte me dieran candela. Era un momento de shock, imaginen, dispuestos a salir para un velorio y la niña de 10 años diciendo en plena reunión familiar que quiere que le den candela. Obviamente yo hablaba de incineración, a tener en cuenta para después de mi deceso, no antes, pero ya les comenté que en aquel momento yo no usaba palabras sofisticadas.

Afortunadamente, mi mamá me ayudó a superar el trauma de la candela; a mí y a toda la familia, pues quedaron un poco afectados con la idea y, luego del fatídico malentendido, no me dejaban acercarme ni a los fósforos. Sin embargo, lo que nunca pude superar fue la idea de servir de abono a la tierra, y conste que uso palabras bonitas y no otras como “comida de gusanos”, “hacerse agua y huesos”, “pudrirse con el tiempo”… No, estoy diciendo “servirle de abono a la madre tierra”, en el sentido más ecologista que puedo definir. Esa idea de quedarme lívida dentro de un ataúd y que algún capitán de nave espacial de barrio tenga el reto de verme y salir gritando diciendo que estoy fea refea, no me gusta ni un poquito.

Tal vez, solo tal vez, ese componente genético implícito en mi origen bayamés y necesitar limpiar las cosas con fuego, esté de trasfondo en esta decisión, pero a mí me gusta pensar en razones más románticas. Cuando me muera, quiero que mis huesos ardan hasta convertirse en una ceniza fina y que luego me esparzan sobre la bahía de La Habana. De más está decir: si me muero en Bayamo que me entierren en La Habana y si ya estoy aquí, pues ¿para qué gastar en transportación y dolores de cabeza?

Anuncios

6 comentarios en “Morirse (ojalá sea de risa)

  1. Rosana: Como buen capitán de nave espacial he leído tu estampa en su ataúd y me parece que está bella rebella.

  2. Como informatico que soy me gusta la foto del fatal exception error jejeje

Coméntame aquí

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s