Los latidos de Edel

No consigo que mi pecho deje de doler, a pesar de que la herida es suya. Aunque quizás, ahora que lo pienso detenidamente, es suya solo de manera física: desde ese día, cada uno de los miembros de esta familia tiene sobre su pecho una cicatriz de 15 cm.

Ernestico y Edelín

Ernestico (7 años) y Edel (4 años)

Sesenta días después de su nacimiento, aún estábamos todos pegados a la ventana de cristal que lo separaba del mundo. Esperando, porque no se podía hacer otra cosa, a que el médico saliera con la cabeza altiva y no con las manos detrás, como sucedió las otras 11 veces en las que no volvimos a ver a los hijos de los amigos; los amigos que surgieron cuando el dolor no te deja hacer más que alianzas para toda la vida.

Ni siquiera los aparatos y la decena de tubos de colores lo hicieron ver más pequeño. Lo recuerdo porque abuela no paraba de decir que había nacido un “muchachote”. Y la enfermera –dedicada solo a él- nos enseñaba desde dentro que el niño se movía, aunque estaba flaquito, aunque había tenido dos sangramientos digestivos, aunque se desconocían las secuelas de la hipoxia.

Dos cateterismos después vino lo inevitable. “La cirugía es la última opción”, nos había dicho el médico, tal vez por eso nos jodió en extremo cuando las imposiciones del bloqueo retrasaron la entrada a Cuba de Catéteres No.6 y hubo que abrirle el pecho a Edel, durante cinco horas infinitas.

Nos licenciamos en cardiología. Nos aprendimos de memoria las causas, consecuencias y tratamientos posibles a la estenosis pulmonar (y mi tía sin moverse ni un solo día de la sala de visitas donde los padres dormitaban, si era necesario, en el suelo).

En cuanto pudimos nos llevamos el niño a casa. Más allá del simple hecho de no verlo más tendido entre monitores y batas verdes, por la necesidad egoísta de no sufrir más a los hijos de otros. Cogimos las indicaciones y medicamentos que tomará de por vida y nos marchamos sin mirar atrás; huyendo de corazones mudos, tristemente aliviados de que nuestro corazón siguiera latiendo.

Ups! a mi hermano le faltan los dientes de morder

Ups! a mi hermano le faltan los dientes de morder

La lengua más larga del mundo

La lengua más larga del mundo

 

 

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4 comentarios en “Los latidos de Edel

  1. Un texto de triste alegría, R. Me gusta como escribes. Desde la raíz al llanto. Todo.

  2. Muy emocionante, a veces se nos desgarra el corazón pero un nuevo día nos trae alegrías, esa es la vida mi querida Rosana.Un abrazote desde mi oasis.

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