Tambores para hacer temblar a Gardel

El país más europeo de América Latina ¡tiene negros! El descubrimiento fue asombroso, pues -a pesar de sospecharlo (¿en qué país no vive al menos un negro?)- no tenía la certeza de que habitaran sobre estas tierras.

Un documental desveló el misterio y tuvimos la oportunidad de atrapar a su realizador, en pleno ajetreo del Festival de Nuevo Cine Latinoamericano. Ha pasado un tiempo de esta entrevista, pero creo que sigue siendo un referente para pensar y mirar nuestra Latinoamérica desde el audiovisual, en momentos en los que volvemos sobre la identidad y la diferencia.

Quede con ustedes esta conversación con el realizador ecuatoriano David Rubio, director de Defensa 1464

Por: Rosana Berjaga y Carlos Ríos

David Rubio, realizador ecuatoriano

Hace un tiempo, nuestras salas pudieron presenciar un filme en el que se desentrañan historias de una casa (Calle Defensa # 1464) devenida proyecto cultural. Sus inquilinos, sirven de hilo conductor para proponer una visión diferente de la historia de una Argentina que también es afro.

Premio especial UNESCO, otorgado en el finalizado Festival Santiago Álvarez In Memoriam, David Rubio, joven director ecuatoriano, devela el intríngulis de su documental,  y su visión sobre el cine joven en Latinoamérica.

¿Cómo nace la historia para este material?

Había estado en la escuela de San Antonio de los baños, pero no había podido terminar la carrera, sin embargo, mi objetivo seguía siendo realizar una película y sabía que la mejor manera de aprender era haciendo. Los azares me llevaron a Argentina, a una escuelita chiquita, donde intenté estudiar cinematografía. Tenía la idea fija de filmar y todo lo que me pasaba trataba de canalizarlo en ese empeño y como a la semana de estar allí, me enteré de la existencia de esta casa y sus habitantes. De esta manera conocí a mis personajes y su historia.

Todo fue como una casualidad muy afortunada, porque cuando conozco a una de las protagonistas, después de charlar un rato, la miro bien y me doy cuenta de que era la misma mujer que yo había visto cantar tantas veces en mi país, 18 años atrás. Entonces hicimos una empatía hermosa: después de tantos azares y casualidades, la vida nos ponía en un mismo sitio. Tenía que ser por algo. Eso dio pie a la construcción de la película.

La historia, en sí misma, está llena de casualidades, por eso es un espíritu quien de alguna manera vincula los dos mundos que hay en el filme. No es la historia de una gente que toma una casa y no se quiere ir. Ellos llegan hasta ahí a través de un amigo que les invita a formar un proyecto cultural en una casa vacía. Pero cuando estuvieron instalados, a los vecinos les molestó que aquello se llenara de negros. Así que ficcionaron una oferta de compra para echarlos afuera, simplemente porque no les gustaba lo que hacían.

Alguien me decía que mi historia podía terminar pareciendo racista, por la cuestión de que son unos negros que no se quieren ir de una casa que les prestan. En realidad no es así: la casa es un vehículo para contar una historia que se dividió luego en tres. Frida (otro personaje) dice que la casa la llamó a ella, y a mí me llamaba esta historia.

Cuando te imbuiste en este mundo misterioso y hasta quizás un poco desconocido, ¿qué resultó más difícil?

Entrar al mundo de esas personas es muy duro, piensan que has venido a utilizarlos para sacar provecho; a veces no entienden que alguien puede venir a ayudar. Fue incómodo y constituyó una barrera muy difícil de superar; pero, una vez abiertas las puertas, se fue desentrañando la historia.

Por otra parte, siempre las condiciones del cine independiente son duras para trabajar. Teníamos que conseguir permisos que son muy caros para las escenas de la ciudad y teníamos tiempo limitado. Debíamos utilizar un obstáculo para vencer una dificultad, lo cual se convirtió en experiencia de vida. Creo que lo interesante de hacer cine es que nos convoca a todos a exorcizar la soledad.

También está el entender que se tiene un compromiso, que responde al espíritu de compartir lo que eres: un compromiso universal del ser. Las nuevas generaciones tenemos, entonces, ese compromiso con la sinceridad, el género puede ser ficción o documental, no importa. Debemos comprometernos con lo genuino, lo profesional y tener dignidad ante el trabajo, respetando siempre al público. Muchas personas confunden “hacer cualquier cosa” con “hacer cine de autor”, cuando lo que no puede olvidarse es que existe un contexto y un público receptor. Si no se consideran estos elementos, no hay verdadero cine. Ese encuentro fugaz en el cual te sumas a un viaje de dos horas y lo compartes con muchas personas, tiene una fuerza importantísima. No puede perderse.

En los últimos tiempos se ha desatado un extenso debate sobre las fronteras entre lo real y lo ficcionado… ¿Hay verdaderos límites entre ellos?

Esa es otra falacia de las academias, en ocasiones son demasiado rígidas. O eres ficción o eres documental; o eres blanco o eres negro… sin embargo, no creo que  haya límites reales.

¿Cuántas historias nos cuentan a diario los noticiarios como verdades absolutas? ¿Por qué los documentalistas tendríamos que circunscribirnos a contar la “realidad”? ¿Qué es la verdad? Lo más importante, entiendo, es lo que viene después: la valentía de asumir tu propia verdad.

Pienso que en determinados momentos del proceso, es más difícil hacer un documental porque es algo que está vivo todo el tiempo, maleable, cambiable,  se te puede ir de las manos si te descuidas. La ficción es algo más planificado, tienes el contenido en un esquema de trabajo.

En la práctica, poner la piel y el cuero en un trabajo, es más doloroso cuando se hace con personas. Hay que lidiar con situaciones, con la vida misma del momento, debes sentarte a escribir, a pensar; es duro buscar financiamiento y luego quedar bien con el inversor y con las personas protagonistas. El documental tiene mucha magia porque es mucho más inmediato y real que una historia ficcionada. Sin embargo, las dos son difíciles, solo tienen procesos de dificultad diferentes.

¿Cuánta distancia hay entre el periodismo y el cine documental?

En la realidad más pura, ninguna. Como lo hizo Orson Welles. ¿Por qué los documentalistas debemos circunscribirnos a contar la verdad y la realidad tal cual? Eso es falacia. Poner el ojo y saber qué hacer con ese material, para mí es más interesante.

Hoy creo en el mensaje. Estuve mucho tiempo preocupado en llegar a Sundance, Cannes y los demás festivales de Europa, de Norteamérica, pero los latinos allí seguimos siendo latinos: unos inditos que traen su cine independiente, sus cositas y venimos del exotismo; realmente eché todo eso a un lado.

Desde ese entonces quiero que mi trabajo se vea aquí primero, con aquellos que compartimos una realidad, un sentimiento. Hay que dejar de pretender la conquista de los grandes  mercados europeos y la misma actitud hay que tener con el racismo. Cambiar primero ante uno mismo. Ser claro y limpio. Nosotros tenemos que pensar en nuestra realidad, es un compromiso de los que queremos un mundo más justo.

Tomado de AHS

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