Se busca un ángel

© David Taggart

© David Taggart

Cuentan de un viejo que aterrizó en un patio un día cualquiera, con unas alas enormes y desplumadas de tanto vuelo.

Cuentan de este viejo que se convirtió en leyenda entre los habitantes del pueblo, que se le confundió con ángel y lo trataron como animal. De todas partes llegaron a verlo, admirando la rareza de su estalaje, sin preguntar siquiera cómo llegó hasta allí, suponiendo todos que habría caído con la lluvia del cielo y que venía a conceder deseos de ángel.

“Vinieron en busca de salud los enfermos más desdichados del Caribe: una pobre mujer que desde niña estaba contando los latidos de su corazón y ya no le alcanzaban los números, un jamaicano que no podía dormir porque lo atormentaba el ruido de las estrellas, un sonámbulo que se levantaba de noche a deshacer dormido las cosas que había hecho despierto…”

Y aquel ángel llegado de nadie sabe dónde comenzó a “procurar milagros” para los penitentes: “como el del ciego que no recobró la visión pero le salieron tres dientes nuevos, y el del paralítico que no pudo andar pero estuvo a punto de ganarse la lotería, y el del leproso a quien le nacieron girasoles en las heridas.”

Cuando con el polvo del camino llegó el espectáculo de una mujer araña, las miradas cesaron sobre el ángel y lo olvidaron como se olvidan las cosas pasadas, como se borra de un tirón la historia cotidiana.

Una mañana, aquel ángel de dientes caídos y hablar enredado, emprendió las primeras tentativas del vuelo. “Eran tan torpes, que abrió con las uñas un surco de arado en las hortalizas y estuvo a punto de desbaratar el cobertizo con aquellos aletazos indignos que resbalaban en la luz y no encontraban asidero en el aire.” Pero logró ganar altura y se le vio pasar por encima de las últimas casas, sustentándose de cualquier modo con un azaroso aleteo de buitre senil.

Y se le siguió viendo hasta cuando ya no era posible que se le pudiera ver, en el momento en que se convirtió tan solo en un punto imaginario en el horizonte del mar.

Tomado de: “Un señor muy viejo con unas alas enormes”. Gabriel García Márquez

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