Adiós Charlie Brown… y regresa

Charlie espera por su pasaporte

Charlie espera por su pasaporte

Allí, sentado en una de esas sillas que conforman el salón de espera de una de las oficinas del carnet de identidad en Guanabacoa, estaba él. Tranquilo, paciente, junto a su madre, mirando con detenimiento algo que definitivamente le llamaba más la atención que el grupo de personas aburridas y parlanchinas, sentadas a su alrededor. No pregunté su nombre, pero de lejos lo bauticé como Charlie Brown.

Charlie es uno de esos niños a los que sus padres les actualizarán el pasaporte bajo las condiciones de la nueva ley migratoria cubana. Me quedé observándolo largo rato. Seguí casi todos sus gestos y expresiones y me sorprendió no verlo preocupado en lo absoluto –o sí, preocupado estaba, pero por haberse perdido el recreo de la escuela en la mañana.

Detrás de mi pequeño amigo de lejos, había otros niños y otros padres que esperaban también para hacer los mismos trámites. Me llamó la atención que ninguno parecía agobiado, a pesar de que las complicaciones para hacer cualquier gestión migratoria en Cuba, siempre han tenido fama de ser cosa de locos.

Pero ante un proceso que imaginé engorroso, muchos padres comentaron la facilidad y la rapidez con la que habían logrado “conseguir” todos los documentos necesarios para que los niños pudieran pasar sus vacaciones fuera de Cuba. “Como hace cualquier niño en cualquier lugar del mundo”, comentó alguien.

Cuando volví la vista, Charlie ya se había marchado. Había pasado menos de media hora desde que lo vi por primera vez sentado en aquella silla, así que imaginé que lo encontraría en alguna oficina terminando algún papeleo. Sin embargo, el niño se había marchado realmente, sus trámites habían terminado sin complicaciones antes de que me diera cuenta.

Entonces, no pude más que imaginármelo cruzando el cielo, con la alegría de quien ve las nubes desde la misma altura y tiene la sensación de que las toca. Imaginé a mi amiguito fotografiando la Torre Eiffel para mostrarles a sus amigos París, o comparando una playa europea con las inigualables playas cubanas.

Donde sea que lo lleven sus alas: ¡adiós Charlie Brown… y regresa siempre a casa!

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