La desventaja de ser niña

Estos dos últimos días han sido regeneradores. He tenido la suerte de participar en uno de los talleres de la UNIAL, muy a propósito de toda esta ola de luchas contra la violencia a mujeres y niñas. La profesora colombiana Diana Díaz nos hizo caer nuevamente en esos momentos en los que nos envestimos de poder y hacemos las veces de víctimas, las veces de victimarios, de la violencia.

Para no caer en la catarsis por el puro hecho de ser mujeres, Diana nos pidió que hiciéramos un ejercicio: remontarse a ese pasado no tan lejano, a los niños qu fuimos, y meditar acerca de la primera vez que sentimos la desventaja de ser niña. Ahora, así, parece fácil, pero hay que estar en el momento y forzar la memoria.

El caso es que pude haber dicho que fue ese día en que mis primos, mis compañeros eternos de juego, me atormentaron diciéndome “fat whale” hasta las lágrimas; o ese otro en que Yasmani, el bonito del barrio, escogió entre todas nosotras a Julieta, porque era la más “vivaracha” del grupo. Pero, no escogí ninguno de esos días porque nunca me sentí consciente de estar en desventaja, por el contrario, siempre sentí que los que se perdían mi compañí eran los otros.

No obstante, Diana nos pedía escribir sobre ese día fatídico en que descubrimos la desventaja y yo escogí un día que no estuvo en mi niñez, pero que me hizo pensar en la niña que fui y en la niña que no me hubiera gustado ser:

Crecí con varones en un pueblo del oriente del país, esos lugares donde a veces, las tradiciones se convierten en camisas de fuerza. Jugué con esos varones -mis primos- casi al mismo tiempo que compartía muñecas con la niñas de mi cuadra: alternándolas con trompos y papalotes.

El tiempo continúo pasando implacable, pero para mí nunca fue imposible que una niña hiciera algo supuestamente destinado a los varones como subirse al tejado ajeno y hacer volar palomas.

Un día me marché. Dejé el vecindario y la escuela y comenzó el destierro del alma. Volví a mi pueblo cuando me lo permitieron los pies y visité a mis amigas de la niñez.

Yo tan niña con 18 años y ellas todas vestidas de madres de familia. Ellas todas haciéndose cargo del hogar, si es que puede llamarse así  a la casa donde una madre adolescente cría prácticamente sola a dos niños pequeños, mientras un padre que apenas conocen juega a “luchar el dinero”.

Solo ese día me di cuenta de la desventaja mental y no física que implica ser mujer. Solo ese día me di cuenta de que yo también pude y puedo ser vulnerable. Mis amigas viven mis experiencias como si fueran suyas. Mis logros o mis fracasos los disfrutan o los sufren como si fueran propios, pero detrás de eso, está agazapada la idea de que ellas no hubieran sido capaces de hacer lo mismo.

“Tú siempre fuiste diferente”, me dijeron.

¿Por qué? ¿Porque jugué con varones, porque nunca me creí una niña como otras, porque mi feminidad no consistía en sentirme muñeca de porcelana? Fui diferente por otro contexto. Fui diferente porque mi familia, apegada a tradiciones, me hizo repensarme. Soy diferente porque, en algún momento, descubrí que podía y debía serlo.

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